sábado, 19 de marzo de 2016

ODA AL LEICESTER CITY

La historia reciente del fútbol tiene grabada, con letras de oro, nombres de equipos como el Nottingham Forest, el Verona, el Kaiserslautern, el Bursaspor o el Montpelier. Equipos modestos que un día se rebelaron ante la implacable tiranía de los grandes. Como cada vez es menos frecuente algo así, ya que el grande es cada vez más grande y el pequeño cada vez más pequeño, cuando, de repente, en algún lugar del planeta fútbol, algún valiente se enfrenta a los poderosos resulta inevitable que todos nos sintamos, aunque sólo sea un poco, incondicionales de ese club.
En las 10 temporadas anteriores a la actual el Leicester City había transitado por su particular travesía en el desierto: una de ellas pasada en las trincheras de la tercera división, ocho en segunda división y la inmediatamente anterior -2014/2015- ya instalado en la Premier League. Precisamente, en esta última, apoyado permanentemente sobre un alambre que pudo arrojarle, de no ser por un final de temporada memorable, de nuevo en el regazo de la First Division- la segunda inglesa-. Con el inicio de la temporada actual, y con el objetivo prioritario de mantener la categoría, el dueño del club, el tailandés Vichai Srivaddhanaprabha, reclutó al técnico italiano Claudio Ranieri. La llegada del entrenador transalpino vino acompañada de algún que otro fichaje como el austriaco Fuchs, el francés Kanté o el suizo Inler. Con estos mimbres, y la mayoría de los protagonistas del milagro en la recta final de la temporada anterior, el Leicester City se presentó en la línea de salida de la Premier League. El valor de mercado de su plantilla, por entonces, era el cuarto más bajo de toda la Premier. Según el portal de internet Transfermarkt, unos 81, 30 millones de euros; sirva como ejemplo señalar que al comienzo de la temporada el club que lideraba este ranking era el Chelsea-de Mourinho-, cuyo valor de mercado de sus jugadores se estimaba en 536 millones de euros. A 8 jornadas para el final de la temporada el Leicester saca al Chelsea-que ya no es de Mourinho- 20 puntos en la tabla clasificatoria.
Claudio Ranieri no ha inventado nada nuevo. Su sistema táctico es, posiblemente, el más utilizado en el futbol moderno, más allá de visionarios, nuevos encantadores de hechizos y demás iluminados que pueblan a cientos o miles los banquillos del orbe futbolístico. Resulta muy fácil entender la alquimia que algunos entrenadores llevan a cabo cuando en sus alineaciones orbitan jugadores de la talla de Cristiano, Messi, Neymar, Müller o Hazard. Me estoy refiriendo a un 4-4-2, que sólo admite una variante de contenido subjetivo cuando el japonés Okazaki baja a ayudar a sus compañeros de medio campo en función de las necesidades del juego. Ha encontrado Ranieri un once tipo que ha usado de manera recurrente –otra contradicción frente al famoso nuevo modelo de las indispensables rotaciones-, que es el siguiente: Schmeichel en la portería, Simpson y Fuchs en los laterales, Morgan y Huth como centrales, Drinkwater y Kanté como medio centros, Albrighton y Mahrez como interiores y, finalmente, Okazaki en punta con Vardy. Con estos once y alguno que entra, generalmente a partir de la hora de partido, el Leicester es el líder actual de la premier, a ocho jornadas del final, con 5 puntos de ventaja sobre su más inmediato perseguidor, el Tottenham de Pochettino- el otro gran candidato al título a estas alturas-.
Kasper Schmeichel es un portero solvente y de garantías, al que ya no es necesario recordarle su ascendente paterno, para reconocerle como uno de los mejores porteros, sobre todo, bajo palos, de la última temporada en Europa; al portero internacional danés lo escoltan dos centrales con un oficio fuera de toda dudas, se trata del jamaicano, capitán del equipo, Wes Morgan y del alemán Robert Huth. Son dos centrales, sobrios en el marcaje, que no dan un toque más de lo necesario. Si lo suyo es despejar y buscar al que la sabe llevar pues eso es lo que hacen. Además, su gran poder ofensivo les permite ser un arma muy valiosa en las jugadas a balón parado; al costado de los centrales habitan Danny Simpson, probablemente el flanco más flojo del equipo, pero con una más que aceptable firmeza táctica, y el ex del Schalke, Christian Fuchs, el austriaco, que cumplirá 30 años en abril, una de las novedades de esta temporada, a su excelente pierna izquierda y eficiente incorporación al ataque suma un saque de banda potente que permite a los suyos crear ocasiones de un lance del juego tan ordinario para cualquier otro equipo; dos jugadores ejemplares en el medio centro. Ejemplares en el trato con la pelota, ejemplares en el enorme despliegue físico y ejemplares en la presión y recuperación del balón. Estamos hablando de Danny Drinkwater- al que Hodgson debe llevar sí o sí a la próxima Eurocopa- y de N´Golo Kanté – el nuevo Makelele-. Es cierto que son otros los que salen en las portadas de los periódicos y son los ídolos de su afición pero, cuando éstos no están, los cimientos del equipo se resienten de verdad; como interior izquierdo el ex del Villa- qué bien le vendría ahora-, Marc Albrighton, apoyo necesario en las coberturas a las subidas de Fuchs y con buena llegada y tiro a puerta; como interior derecho, jugando a pierna cambiada- otro modismo- la perla argelina Riyad Mahrez, comprado la temporada pasada al Le Havre por medio millón de euros. Mahrez, uno de los cinco mejores jugadores del año sin duda, reúne unas condiciones técnicas inmejorables, fino hasta niveles sobresalientes cuando amortigua el balón sobre su mágica pierna izquierda, con una visión de juego excelsa, gran asistente, enamorado de la pausa y, además en este curso, con gol- 15 en la actual temporada-; en la punta de ataque el japonés Shinji Okazaki, ayudante de campo de los centrocampistas y de su compañero en la retaguardia, cuyo paso anterior por la Bundesliga le ha dotado de una enorme capacidad competitiva; finalmente el gran ídolo de toda una ciudad- y más allá- el inglés Jamie Vardy. El sueño de un luchador hecho realidad. Rescatado de la quinta división es un delantero de los de la vieja usanza en las Islas. No para de correr todo el partido, es indiferente que tenga que hacer una diagonal completa para ir a la presión o atravesar el campo de este a oeste, nada le para. Amante del juego sin balón, busca sin descanso el desmarque al espacio donde espera la genialidad de alguno de sus compañeros-en especial la de Mahrez-. Una vez asistido corre a la velocidad de un leopardo -sí, como Archie Hamilton en Gallipoli-, supera a sus marcadores, recoge el esférico, apunta, dispara y marca. A este equipo titular Ranieri va introduciendo, en función de las necesidades del encuentro, al resto de los jugadores de su plantilla, hombres como Leo Ulloa, Nathan Dyer, Gokham Inler, Andy King o Jeff Schlupp, entre otros, cuyos servicios a la causa son de un valor inestimable.
Con esta brigada de hombres ha diseñado Ranieri su sistema de juego, al que además de la táctica ya citada, añade un monumental componente de solidaridad entre los once que en cada momento están en el campo. Un trabajo que empieza desde la presión insaciable de Vardy arriba, hasta, por ejemplo, ver a Mahrez o Albrighton defendiendo un contra ataque del rival en el área propia. Cada centímetro que ocupa uno de sus jugadores es una conquista y cada balón recuperado una ocasión de gol, un tesoro con el que salir a la contra y en tres pases derribar al adversario. El Leicester es el equipo de toda la Premier que menos posesión tiene y que menos pases da, pero al fútbol se juega con y sin balón. En el fútbol se puede defender atacando pero también se puede atacar defendiendo.
El pasado 27 de febrero un sismógrafo registró un terremoto de grado 0,3 en la escala de Richter en la ciudad inglesa de Leicester. Un gol de Leo Ulloa ante el Norwich fue el causante de semejante acontecimiento. No quiero ni pensar dónde llegará la aguja del sismógrafo si, finalmente, The Foxes ganan el campeonato.