Para que alguien obtenga el título honorifico de Sir, cuyo nombramiento en la actualidad sólo puede realizar la Reina Isabel II de Inglaterra, se considera requisito imprescindible el haber paseado a lo largo de su vida con honor su condición de británico y promocionar allá por dónde uno se halle el buen nombre y la gran talla de Gran Bretaña; para que alguien sea proclamado Santo, entre otros requisitos, es necesario que al candidato se le reconozcan, al menos, dos milagros: El primero para ser beato y el segundo para canonizarlo definitivamente. Así que, aunque parezca mentira, para todo hace falta un sacrificio en esta vida. Mis posibilidades de obtener un reconocimiento- por insignificante que éste sea- acaban de quedar enterradas por completo. Que me perdonen mis amigos creyentes por el uso banal que he hecho aquí de la graduación religiosa para introducir esta nueva entrada pero, si hay alguien al que dentro de nuestra religión, la del fútbol, se le han atribuido ya más de esos dos milagros requeridos es, sin duda, el guardameta del Real Madrid Iker Casillas. Más conocido para todos los aficionados al balompié -sean o no seguidores de su club o de su selección-, como El Santo.
La influencia del portero de Móstoles en la reciente historia del fútbol nacional español y por extensión en la del fútbol planetario es gigantesca. Hablo desde el punto de vista de su profesión- que lo es- y también desde el punto de vista personal. Iker conforma para mí en la actualidad el triunvirato más influyente dentro del deporte español, junto con el tenista Rafa Nadal y el NBA Pau Gasol, cuyas aptitudes y actitudes en todo aquello que emprenden les hubieran llevado a ser nombrados, de haber nacido en las Islas Británicas, hace ya algún tiempo caballeros del Imperio Británico. Magníficos en el terreno de juego y respetuosos y solícitos fuera del mismo hacia todo aquel que los reclama.