jueves, 24 de mayo de 2012

UNA TEMPORADA EN EL PARAÍSO


          Con un mes de adelanto sobre la fecha habitual, la Eurocopa manda, ha caído el telón en la inmensa mayoría de las grandes ligas del viejo continente. Sólo alguna final de copa languidece a la espera de que sus contendientes busquen en ella el epílogo adecuado a una temporada, en lo que a títulos se refiere, más huérfana de lo que hace unos meses parecía presagiar para ambos. Protagonistas previstos a comienzos del verano pasado que han confirmado, una vez más, lo poderoso caballero que es don dinero y que han dejado muy poco lugar para el romanticismo y la sorpresa. Real Madrid, Juventus, Ajax, Oporto o Manchester City, entre otros, han demostrado que cuanto más repleto esté el cofre de las monedas más fácil será adornar la sala de trofeos con un nuevo botín. Medir el mérito de algunos éxitos por parte de según que clubes sería tan cruel para sus seguidores como sincero desde un punto de vista ecuánime. Parafraseando a Maquiavelo la gloria justifica los medios.

         Más allá de condicionantes crematísticos abracemos el deporte más lindo del mundo, otra vez El Diego, desde el prisma de alguien que un día lo adoró en el campo y ahora lo disfruta en la grada. Afectado por el vicio colectivo de buscar protagonistas al final de cada temporada destacaría tres nombres propios que merecen estar por encima de cualquier otro. Aunque para ser fiel a la semántica debería decir dos nombres propios y un adjetivo.

         El primero de los nombres propios sería el del Costamarfileño Didier Drogba. Por desgracia, mi erudición limitada me impide dedicar, al más puro estilo Vázquez Montalbán, un elogio desmesurado al, ya lo apunte en este mismo escenario a finales de febrero, delantero más completo del fútbol europeo de los últimos 10 años. Su final de temporada no ha hecho sino confirmar dos cosas: la primera, que es un jugador todavía más grande de lo que el mejor de sus hagiógrafos hubiera predicado; la segunda, perdón de nuevo por mi Torrismo, que arrebatarle la titularidad para cualquiera que lo intentará era algo más propio de literatura fantástica que de realidad balompédica. Su ascendente dentro y fuera del campo ha sido el principal argumento para que el Chelsea más gris de las últimas 6 ó 7 temporadas haya conquistado el santo grial perseguido por su dueño, el ruso Román Abramóvich, desde el día en que éste aterrizó en Stamford Bridge y después de haber invertido desde entonces casi mil, sí mil, millones de euros en fichajes. Drogba es junto con Terry y Lampard, con todo mi respeto hacia Di Matteo, quien manda en este club. Valga como ejemplo que las ruedas de prensa en la que cualquiera de ellos aparece ante los medios junto con su técnico la mayoría de las preguntas van dirigidas a ellos. Hace no mucho  tiempo, a propósito de la destitución de Villas-Boas, se difundió una anécdota acontecida en el pasado en la que al preguntarle a John Terry por el trabajo de los entrenadores en el club, el capitán respondió, ignoro si en broma o en serio, que aquí quien manda desde hace años somos Frank, Yo y Didier. Entendieron que la liga era un trabajo perdido, el Chelsea ha acabado sexto a 25 puntos del City -sirva como ejemplo que ha ganado menos partidos que empatado o perdido, 18 frente a 20- y se centraron en la Champions como principal objetivo. No digo único porque los blues han conquistado también esta temporada la FA Cup. Pero de todos, quien más claro tenía que su equipo debía mirar hacia Múnich era el delantero africano. En un año en el que perdió la final con su país de la Copa de África, en la que por cierto falló un penalti decisivo, Didier Drogba, al que la prestigiosa revista Time colocó entre una de las cien personas más influyentes del mundo en 2010, que consiguió un alto el fuego en la guerra civil que había en su país desde hacía cinco años cuando su selección se clasificó para la fase final del mundial de Alemania 2006, regresó a las islas con la idea de que estaba ante, probablemente, la última oportunidad de conquistar la orejona con el club de su vida. La exhibición física llevada a cabo en la semifinal ante el Barcelona y, sobre todo, el misil que desde su cabeza dirigió a la red de Neuer cuando la cerveza inundaba ya las calles de Múnich serán, para siempre, la huella más ilustre de esta edición de la Champions. El Chelsea con los medios que tenía, tan lícitos como los de cualquier otro, derribó a sus oponentes cuando todos lo daban en la lona y llevó rumbo a Londres la primera Copa de Europa de su historia.

miércoles, 2 de mayo de 2012

HUMILITAS


          Real Madrid y Barcelona, los dos emperadores del fútbol mundial, fuera. Bayern de Múnich y Chelsea, los dos aspirantes sin otra posibilidad que la de acudir a la heroica, dentro. Siete son los pecados capitales que reconoce el cristianismo católico, el más importante, y según algunos del que emanan todos los demás, es la soberbia. La sobrevaloración del yo frente a los otros, la creencia ciega de que todo lo que hace uno es mejor a lo que hacen, o harán, los demás, la exaltación de lo propio frente al desprecio por lo ajeno, en definitiva la ausencia de humildad. En los partidos de ida ambos equipos españoles habían perdido por la mínima, tenían que remontar un resultado adverso, de hecho de los tres posibles resultados que se pueden dar en un encuentro de fútbol con dos de ellos Bayern y Chelsea estaban en la final. Daba igual, muy pocos, por no decir nadie, daban un céntimo por la posible presencia en la final de un equipo que no portase la bandera española. Todos estábamos convencidos, sí yo el primero, que Barcelona y Real Madrid se jugarían a final de mes el título más importante a nivel de clubes del fútbol europeo en el Allianz Arena de Múnich. El Barcelona, a poco que le acompañara la suerte, con un victoria sin demasiados problemas; el Madrid con algo más de suspense pero con la certeza de la consecución de su pasaporte al final de los noventa minutos. Apelar a un exceso de soberbia como primer motor de la eliminación de ambos clubes es acertado, sin duda, pero utilizarlo como único argumento sería tan banal como culpar de las vacaciones anticipadas de ambos clubes esta temporada al cansancio de sus jugadores-Mourinho dixit- o a la falta de suerte-ahora Guardiola dixit-.
         Primero el que cayó segundo, segundo el que cayó primero. Si a los aficionados, directivos, miembros del cuerpo técnico y, por descontado, a los jugadores del Real Madrid les hubieran dicho que a los 14 minutos de partido iban a tener la eliminatoria volcada a su favor no se lo hubiesen creído. Estaban frente al mejor de los escenarios posibles, la décima cada vez más cerca. El Bayern tenía que ir a buscar un gol que, por lo menos, equilibrara la semifinal y eso significaba un Madrid replegado atrás y preparado para poner en marcha su arma más letal, el contragolpe. Esta es la seña de identidad más reconocible en el estilo de juego de los blancos desde la llegada a Chamartín de Mourinho, la que le ha dado los éxitos obtenidos (una copa y una más que probable liga) y de la que no se puede renegar cuando vienen mal dadas. El problema es que enfrente tenía un equipazo que no le iba a poner las cosas tan sencillas. El juego ofensivo de los alemanes se desplegó por todos los flancos, Robben, Ribéry, Schweinsteiger o Kroos se multiplicaron y tomaron el control del partido y para cuando el Madrid tenía una mínima oportunidad de atacar, por allí aparecía Luiz Gustavo para frenar, por lo civil o lo criminal, cualquier intento de avance enemigo. En estas estaban cuando una más de las avanzadillas alemanas llevó la pelota hasta el lado derecho del ataque teutón, el izquierdo del Madrid, el de Marcelo, no confundir con Coentrao, desde donde Tony Kroos filtró un preciso centro con rosca en busca de Mario Gómez y al que Pepe respondió, algo insustancialmente, con un claro agarrón. Penalty a favor y eliminatoria empatada. Para entonces el Madrid empezó a pensar y a calcular más que a jugar, entendió que encajar otro gol sería su sentencia de muerte y determinó como misión principal defender el resultado a la espera de un milagro cristiano en forma de gol. El Bayern, que al igual que el Real Madrid, que a nadie se le olvide, es un equipo grande-cuatro veces campeón de Europa y 4 finales más disputadas (ahora 5)- miró el partido de frente y viendo a su contrincante contra las cuerdas se fue a por todas. Siguió explotando sus virtudes e intentando aplacar a la vez cualquier intento de avance blanco con una presión muy bien coordinada que tenía su principal baluarte en el mejor jugador del partido Tony Kroos. Gozaron los alemanes de más de una llegada peligrosa y de una clara ocasión en las botas de Gómez que tras recibir un servicio de Robben, una de las pocas veces que el holandés fue generoso, se entretuvo en exceso y no pudo definir con claridad. Luego llegó la prorroga y la inanición general, el miedo a cometer cualquier error que te pusiera de patitas en la calle y la esperanza de la lotería desde los once metros. Riesgo de superior calado cuando se tiene enfrente a un rival alemán. Ya sabemos el desenlace, el Bayern clasificado para disputar la final en su propio estadio. La primera vez desde que se juega en formato champions. El Real Madrid lo tuvo en sus manos pero debido al cansancio no pudo ganar. ¿No pudo o no supo?