Con un mes de adelanto sobre la
fecha habitual, la Eurocopa manda, ha caído el telón en la inmensa mayoría de
las grandes ligas del viejo continente. Sólo alguna final de copa languidece a
la espera de que sus contendientes busquen en ella el epílogo adecuado a una
temporada, en lo que a títulos se refiere, más huérfana de lo que hace unos
meses parecía presagiar para ambos. Protagonistas previstos a comienzos del
verano pasado que han confirmado, una vez más, lo poderoso caballero que es don
dinero y que han dejado muy poco lugar para el romanticismo y la sorpresa. Real
Madrid, Juventus, Ajax, Oporto o Manchester City, entre otros, han demostrado
que cuanto más repleto esté el cofre de las monedas más fácil será adornar la
sala de trofeos con un nuevo botín. Medir el mérito de algunos éxitos por parte
de según que clubes sería tan cruel para sus seguidores como sincero desde un
punto de vista ecuánime. Parafraseando a Maquiavelo la gloria justifica los
medios.
Más
allá de condicionantes crematísticos abracemos el deporte más lindo del mundo,
otra vez El Diego, desde el prisma de alguien que un día lo adoró en el campo y
ahora lo disfruta en la grada. Afectado por el vicio colectivo de buscar
protagonistas al final de cada temporada destacaría tres nombres propios que
merecen estar por encima de cualquier otro. Aunque para ser fiel a la semántica
debería decir dos nombres propios y un adjetivo.
El
primero de los nombres propios sería el del Costamarfileño Didier Drogba. Por
desgracia, mi erudición limitada me impide dedicar, al más puro estilo Vázquez
Montalbán, un elogio desmesurado al, ya lo apunte en este mismo escenario a
finales de febrero, delantero más completo del fútbol europeo de los últimos 10
años. Su final de temporada no ha hecho sino confirmar dos cosas: la primera,
que es un jugador todavía más grande de lo que el mejor de sus hagiógrafos
hubiera predicado; la segunda, perdón de nuevo por mi Torrismo, que arrebatarle la titularidad para cualquiera que lo
intentará era algo más propio de literatura fantástica que de realidad
balompédica. Su ascendente dentro y fuera del campo ha sido el principal
argumento para que el Chelsea más gris de las últimas 6 ó 7 temporadas haya
conquistado el santo grial perseguido por su dueño, el ruso Román Abramóvich,
desde el día en que éste aterrizó en Stamford Bridge y después de haber
invertido desde entonces casi mil, sí mil, millones de euros en fichajes.
Drogba es junto con Terry y Lampard, con todo mi respeto hacia Di Matteo, quien
manda en este club. Valga como ejemplo que las ruedas de prensa en la que
cualquiera de ellos aparece ante los medios junto con su técnico la mayoría de
las preguntas van dirigidas a ellos. Hace no mucho tiempo, a propósito de la destitución de
Villas-Boas, se difundió una anécdota acontecida en el pasado en la que al
preguntarle a John Terry por el trabajo de los entrenadores en el club, el
capitán respondió, ignoro si en broma o en serio, que aquí quien manda desde hace
años somos Frank, Yo y Didier. Entendieron que la liga era un trabajo perdido,
el Chelsea ha acabado sexto a 25 puntos del City -sirva como ejemplo que ha
ganado menos partidos que empatado o perdido, 18 frente a 20- y se centraron en
la Champions como principal objetivo. No digo único porque los blues han
conquistado también esta temporada la FA Cup. Pero de todos, quien más claro
tenía que su equipo debía mirar hacia Múnich era el delantero africano. En un
año en el que perdió la final con su país de la Copa de África, en la que por
cierto falló un penalti decisivo, Didier Drogba, al que la prestigiosa revista
Time colocó entre una de las cien personas más influyentes del mundo en 2010,
que consiguió un alto el fuego en la guerra civil que había en su país desde
hacía cinco años cuando su selección se clasificó para la fase final del
mundial de Alemania 2006, regresó a las islas con la idea de que estaba ante,
probablemente, la última oportunidad de conquistar la orejona con el club de su
vida. La exhibición física llevada a cabo en la semifinal ante el Barcelona y,
sobre todo, el misil que desde su cabeza dirigió a la red de Neuer cuando la
cerveza inundaba ya las calles de Múnich serán, para siempre, la huella más
ilustre de esta edición de la Champions. El Chelsea con los medios que tenía,
tan lícitos como los de cualquier otro, derribó a sus oponentes cuando todos lo
daban en la lona y llevó rumbo a Londres la primera Copa de Europa de su
historia.
El
segundo nombre propio contradice aquello que hemos apuntado en el primer
párrafo. Afortunadamente no siempre el dinero lo consigue todo. Estamos
hablando del Montpellier Hérault Sport Club. Este club de la liga francesa, en
el que un día dieron sus primeros pasos hombres como Laurent Blanc o el gran
Eric Cantona es, sin discusión, el gran triunfador de la temporada que acaba de
finalizar. Si hablábamos del limitado mérito que se puede atribuir a algunos grandes equipos por
el hecho de conquistar sus ligas domésticas, en el caso de los galos su valor
es incalculable. Fundado hace casi un siglo,
en 1919, y refundado varias veces desde entonces, ha pasado gran parte de su
vida perdido en la segunda división del fútbol francés. De hecho regresó hace tan
sólo tres temporadas a la máxima categoría. Con uno de los presupuestos más
bajos el modesto Montpellier, cuyo gasto en fichajes para esta sesión ascendió
a la ingente suma de dos millones de euros, ha pasado por encima de monstruos
de la ligue 1 como el Lyon, el Marsella o el nuevo rico Paris Saint-Germain.
Con estos últimos ha mantenido una enconada lucha hasta la última jornada en la
que con todo merecimiento, y tras una victoria 1 a 2 en casa del descendido
Auxerre, ha certificado su primer título liguero de la historia. Ni Pastore, ni
Lisandro, ni el mejor jugador joven del fútbol europeo de la actualidad, el
duende belga Eden Hazard han podido con la ilusión infinita de un grupo de
chavales que, a medida que pasaban las jornadas, creía cada vez más en lo que
estaba haciendo hasta conseguir algo impensable al arrancar la temporada allá
por el mes de agosto. El técnico Rene Girard ha demostrado que, con un juego de
sacrificio colectivo en el que el equipo siempre debe estar por encima de las
individualidades, un trabajo defensivo de mucha disciplina con su portero
Jourdren y, un descartado por el Marsella, Vitorino Hilton como jefe de la zaga
a la cabeza, un rápido despliegue en ataque con puntas de lanza como el
nigeriano Utaka o la nueva perla del futbol africano, el marroquí Belhanda y los
goles del mejor delantero francés de la actualidad, con permiso de Benzema,
Olivier Giroud, se puede tutear a cualquiera. Todo ello para gloria del gran
mecenas y principal sufridor de este equipo, su presidente desde 1974 Louis
Nicollin, todo un personaje dentro del mundo del fútbol. Ni el mismísimo Nostradamus,
otrora inquilino ilustre de la Universidad de la ciudad, hubiera podido
predecir semejante hazaña.
Y
por último, el adjetivo, la épica. Sólo apelando a algo parecido a la épica se
puede explicar como aquel equipo que menos contaba de entre los cuatro
semifinalistas para ganar la Champions luchó contra los elementos y dejo en el
asfalto a los grandes favoritos. Sólo apelando a la épica podemos entender como
un equipo con un presupuesto seis millones inferior al coste de la principal
estrella de su rival sea capaz de arrebatarle el título- 36 millones
presupuesto del Montpellier, 42 precio del traspaso de Pastore al PSG-. Sólo
apelando a la épica podemos entender que equipos como el Zaragoza o el Wigan, que
en el meridiano de una temporada estaban desahuciados, acaben por salvar la
categoría: los ingleses llevaban 15 puntos al final de la primera vuelta, con 8
derrotas consecutivas incluidas, y consiguieron finalmente salvar la
categoría-en una semana mágica ganó en casa al United y al Arsenal a domicilio
en el Emirates-; los de la ribera del Ebro se agarraron a la primera división
en una segunda vuelta sin precedentes, con números de equipo Champions. En este
punto sería justo reconocer que buena parte de la afición maña, los que todavía
tienen la suerte de creer en algo, otorgan a la Virgen del Pilar buena parte
del trabajo. Sólo apelando a la épica podemos entender como un modesto del fútbol portugués Académica de
Coimbra, que terminó cuarto por la cola en la liga Sagres, conquiste su segundo
título de copa de la historia -el primero desde 1936-, dejando en el camino a
gigantes como el Oporto o el Sporting de Lisboa. Sólo algo parecido a la épica
puede ser capaz de explicar lo que pasó en los cinco últimos minutos en el
Etihad Stadium de Manchester en la última jornada de la Premier League el día
en el que el Kun Agüero, ese que canta que lleva el fútbol en la sangre, se disfrazó de
Eneas y dio a su equipo su primer título liguero desde 1968.
Unamuno
dijo un día De razones vive el hombre, de
sueños sobrevive. Otro ilustre, del que ahora no recuerdo su nombre, gritó ¡podrán matar al soñador, pero nunca mataran
el sueño! Unas veces los sueños se cumplen, otras no. Lo que el fútbol nos
da, el fútbol nos lo quita.
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