La alfombra roja del Balón de Oro ha dado paso al verde del césped de los estadios, lugar donde sería recomendable se focalizase preferentemente la atención del planeta fútbol. Resulta sorprendente como semejante entrega de laureles ha ascendido en interés mediático a lo largo de los años para acabar convirtiéndose en algo tan atrayente como la mismísima ceremonia de los premios Oscar de cine. El futbolista ha sustituido a la estrella del cine o de la música con una rapidez endiablada y, ahora, muchas carpetas de estudiantes y habitaciones amanecen adornadas con la reluciente presencia de algún nuevo ídolo balompédico-los derechos de imagen no se pagan en balde-. No deja de ser gratificante recordar como en otros tiempos la profesión de futbolista no tenía tanto glamour. Hubo un tiempo, ya lejano, en el que se lanzaba un penalti de una semifinal de un mundial sujetándose con una mano el pantalón porque la goma que lo ajustaba se había roto; en el que otros jugaban descalzos y en el que alguno recibía el Balón de Oro en el descanso de un partido y se lo llevaba a casa en el autobús de línea metido en su bolsa de deporte. Todo es fútbol. Lo era antes y lo es ahora. Cambia el envoltorio, más lujoso y almibarado, pero el regalo es el mismo.
Las grandes ligas del viejo continente han ingresado ya en la segunda fase de la competición. Objetivo doméstico de incalculable valor que pierde prestigio, en el caso de los clubes grandes, cuando lo comparamos-el valor del trofeo se entiende-con la consecución de la Champions League. Para el resto de clubes, los no considerados grandes, que por desgracia en todas y cada una de las ligas europeas principales cada vez son más, el objetivo principal es el de la permanencia en una categoría de relumbrón que les permita seguir en la élite y, con ello, vivir con la ilusión intacta de alcanzar una temporada la soñada participación en alguna competición europea. La Real Sociedad en la liga española es el mejor referente de la consecución de quimera semejante.