Dentro de la inabarcable literatura a la que el mundo del fútbol nos transporta día tras día, destacan la gran cantidad de lugares comunes que los principales intérpretes de la fiesta nos han ido proporcionando con el paso del tiempo. Los archiconocidos fútbol es fútbol, no hay enemigo pequeño, somos once contra once, partido a partido-la estrella de los últimos meses-, o el fútbol es así, entre otros muchos. Pero, si hay un lugar común que ha protagonizado más que ningún otro recientemente el planeta fútbol ese ha sido fin de ciclo. Fin de ciclo a propósito de la selección española de fútbol. Fin de ciclo para alimentar su reciente descalabro en la última fase final de un mundial-el de Brasil- y condimentado, para terminarlo de arreglar, con la primera derrota fuera de casa en una fase de clasificación para una gran competición -la Eurocopa 2016- en Zilina, frente a Eslovaquia, después de 8 años.
Parece que ha causado gran revuelo y extrañeza un hecho semejante, ya hay muchos que ante tal imprevisto se rasgan las vestiduras y comienzan a buscar cadáveres entre los heridos. Para cualquiera con un mínimo conocimiento de la historia estamos ante un acontecimiento tan común como esperado. El tiempo nos alcanza -nos alcanzará- a todos. El tiempo acabó con la Civilización Egipcia, con el Imperio Romano, con esa España de Felipe II en la que nunca se ponía el sol o con la Rusia Zarista; el tiempo acabó con los bateos de Babe Ruth para los Yankees, con el Brasil de Pele, con los Bulls de Jordan o con las cabriolas de Valentino Rossi; el tiempo está haciendo coincidir en España, casi a la vez, el fin de un ciclo plagado de éxitos en sus dos deportes más populares, el fútbol y el baloncesto. Los héroes de entonces son ahora villanos. La memoria de los hombres es efímera, sólo alcanza hasta allá donde nos sorprende el último fogonazo. El que ya no nos sirve para conseguir el fin deseado deberá, obligatoriamente, pasar al retiro y, lo que es más triste, al olvido-el fútbol, otra vez, metáfora de la vida-.