martes, 14 de octubre de 2014

EL NIÑO QUE NO QUERÍA CRECER


         Dentro de la inabarcable literatura a la que el mundo del fútbol nos transporta día tras día, destacan la gran cantidad de lugares comunes que los principales intérpretes de la fiesta nos han ido proporcionando con el paso del tiempo. Los archiconocidos fútbol es fútbol, no hay enemigo pequeño, somos once contra once, partido a partido-la estrella de los últimos meses-, o el fútbol es así, entre otros muchos. Pero, si hay un lugar común que ha protagonizado más que ningún otro recientemente el planeta fútbol ese ha sido fin de ciclo. Fin de ciclo a propósito de la selección española de fútbol. Fin de ciclo  para alimentar su reciente descalabro en la última fase final de un mundial-el de Brasil- y condimentado, para terminarlo de arreglar, con la primera derrota fuera de casa en una fase de clasificación para una gran competición -la Eurocopa 2016- en Zilina, frente a Eslovaquia, después de 8 años.

         Parece que ha causado gran revuelo y extrañeza un hecho semejante, ya hay muchos que ante tal imprevisto se rasgan las vestiduras y comienzan a buscar cadáveres entre los heridos. Para cualquiera con un mínimo conocimiento de la historia estamos ante un acontecimiento tan común como esperado. El tiempo nos alcanza -nos alcanzará- a todos. El tiempo acabó con la Civilización Egipcia, con el Imperio Romano, con esa España de Felipe II en la que nunca se ponía el sol o con la Rusia Zarista; el tiempo acabó con los bateos de Babe Ruth para los Yankees, con el Brasil de Pele, con los Bulls de Jordan o con las cabriolas de Valentino Rossi; el tiempo está haciendo coincidir en España, casi a la vez, el fin de un ciclo plagado de éxitos en sus dos deportes más populares, el fútbol y el baloncesto. Los héroes de entonces son ahora villanos. La memoria de los hombres es efímera, sólo alcanza hasta allá donde nos sorprende el último fogonazo. El que ya no nos sirve para conseguir el fin deseado deberá, obligatoriamente, pasar al retiro y, lo que es más triste, al olvido-el fútbol, otra vez, metáfora de la vida-.

         No paran de buscar los científicos de la materia las respuestas a  esos grandes interrogantes,  ¿Por qué la selección española ya no gana como antes?, ¿Por qué no juega como antes?, ¿Se debe todo a una serie de acontecimientos enigmáticos y misteriosos?, ¿Será a causa de un hechizo o un mal de ojo de alguien?  Nada más lejos de la realidad. La explicación es mucho más sencilla de lo que parece y no requiere de claves, requiebros, investigaciones ni de inversión en I+D+i al uso. Se resume, sencillamente, en una frase que tanto oí decir a mi abuela-la cual, por cierto, pasó poco tiempo en la escuela pero que, al igual que muchos como ella, era bastante más inteligente que otros muchos que pasan su vida entre aulas, pupitres y libros varios-, decía mi abuela No hay dos primaveras en un año. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

         Vayamos a los detalles. El cimiento de los éxitos cosechados por la selección española de fútbol a  lo largo de los seis últimos años estaba consolidado-más allá de seleccionadores a los que se les ha otorgado la patente del descubrimiento de la cuadratura del círculo- sobre cuatro pilares básicos: la solvencia, seguridad y fiabilidad del, durante esos seis años, mejor portero del mundo, Casillas; el oficio, el compromiso y la jerarquía de uno de los mejores defensas-y sólo defensa-españoles de la historia, Puyol; la templanza e inteligencia con un balón en los pies del metrónomo más preciso-junto con Pirlo-del fútbol contemporáneo, Xavi Hernández y, finalmente, la astucia, el hambre de gol y el atrevimiento del mayor goleador español de la historia, el guaje Villa. Tres de estos cuatro pilares ya no están y el que está, Iker, ya no está como estaba. Los que les han sustituido son grandes futbolistas pero se encuentran-a día de hoy- muy lejos del nivel de excelencia que aportaban los citados, imprescindible para tocar, como ellos lo hicieron-junto a un grupo magnífico de compañeros-, el cielo del balompié.

         A Casillas, sin duda, le quedan unos cuantos  años de fútbol pero lo que es más cuestionable es cuántos le quedan al nivel que todos le exigen –es el único profesional en el mundo al que se le exige no sólo que haga bien su trabajo sino que sea excelente-. Los porteros con los años pierden agilidad, reflejos y alguna que otra virtud más, y el de Móstoles no va a ser menos. Es probable que no vuelva alcanzar las cotas divinas que en otro tiempo, no tan lejano, alcanzó, la cuestión es saber ponderar el momento en el cual apartarle de la titularidad para dar paso al que parece su relevo natural, el meta del United David De Gea. El ex del Atlético es un gran portero pero, de momento, se encuentra a mucha distancia de la categoría de su antecesor; para sustituir en la defensa con garantías a Puyol-que no reemplazar, esto es imposible- aparece en la hoja de ruta el madridista Sergio Ramos. El de Camas es un futbolista muchísimo más completo de lo que lo era el ex azulgrana pero, paradójicamente, es mucho peor defensa-sólo defensa- de lo que era Puyol. La vocación natural del central blanco es ofensiva en cualquier acción que interpreta mientras está en el campo, con o sin balón, y esto le hace perder la perspectiva hacia la primera y fundamental misión que debe tener un central al uso-como era Puyol- la vigilancia del delantero rival independientemente de la situación del juego. La mejor manera de entender lo que digo es ver el primer gol que Holanda le hace a España en el pasado mundial. Sergio Ramos, con el balón en posesión de España, descuida el marcaje de Van Persie y cuando el balón rápidamente transita a botas holandesas se encuentra a una distancia demasiado lejana para poder impedir la genialidad del delantero Orange. La distancia a la que un defensa debe marcar a un delantero es inversamente proporcional a la calidad de éste. Puyol lo llevaba en su ADN, Sergio Ramos no; en cuanto al relevo de Xavi, los elegidos son varios y todos ellos de un gran nivel pero ninguno de ellos tiene lo que tenía el azulgrana: Iniesta es genio puro, un portento con el balón pegado al pie y un maestro de la improvisación; Koke es un todoterreno, el arquetipo del futbolista del Siglo XXI, bueno técnicamente y fantástico táctica y físicamente; Silva es mucho más vertical, rápido de ejecución y con mucha más capacidad de desborde; Fábregas es más polivalente, intrépido en su juego y,sobre todo, tiene mucho más gol que el de Tarrasa. El todavía jugador del Barcelona ha demostrado conocer el método adecuado para entender el juego de la manera más acertada en cada momento; dar la pausa cuando había que darla y acelerarlo cuando era necesario; saber cuándo había que dar cuatro pases en corto y cuando hacer un pase largo o un cambio de juego. La prueba viviente de que dentro de cada equipo hay un timonel que lo ordena todo. Ninguno de los citados lo tiene, ni siquiera al que desde Barcelona siempre se ha considerado su sucesor natural, Thiago Alcántara; el relevo en el ataque admite mucha menos discusión. Los llamados a sustituir a Villa-e incluso a Torres-  son delanteros de una innegable categoría, estamos hablando de Diego Costa, Llorente o Negredo, entre otros, pero a mucha distancia del instinto goleador-sobre todo en los partidos clave-del principal responsable de la presencia de España en la final de Sudáfrica 2010. La reciente aparición del valencianista Paco Alcacer-lo más parecido al guaje que podemos encontrar en la actualidad- podría ser, quizá, un aliento de esperanza entre tanta promesa.

         Uno de los mejores escritores estadounidenses del Siglo XIX, Henry David Thoreau, murió en 1862, en su entierro Ralph W. Emerson- otro grande de las letras- dijo El país no sabe todavía, ni en lo más mínimo, que grande es el hijo que ha perdido. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

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