El
novelista austriaco Peter Handke autor, entre otras muchas obras, de la famosa
El Miedo del Portero al Penalty, dijo una vez que Butragueño había inventado la
inmovilidad, que cuando entraba en el área y se paraba, decía, los defensas se
quedaban en estado de locura. Ese misterio, ese suspense ante el acontecimiento
venidero hace que muchos veneremos todavía más este deporte; otros prefieren al
que corre sin descanso, al que suda sin sospecha la camiseta y hace siempre lo
que se espera que haga- igualmente respetable, sin duda-. Si ha habido en los
últimos años dos paradigmas de ese futbolista mágico, intrigante en su juego y
siempre genial en sus decisiones, han sido el español Xavi Hernández y el
italiano Andrea Pirlo. El fútbol es un deporte tan grande que los motivos para
justificar la adquisición de una entrada serían inabarcables, tantos, casi,
como espectadores; la simple presencia en el campo de hombres como Xavi o
Pirlo, en mi caso, justifican sin duda cualquier visita a un estadio.
El
pasado 6 de junio los dos futbolistas nos ofrecieron el que probablemente haya
sido su último servicio a una gran causa. Agazapados bajo el fulgor rutilante
de grandes estrellas como Messi, Neymar, Suárez, Tevez o Arturo Vidal los dos
mejores constructores de juego del S.XXI nos ofrecieron-durante más o menos
minutos- una nueva lección de cómo parar, templar y mandar sobre un campo de
fútbol. El de Tarrasa saltó al césped para jugar unos 20 minutos y cuando su
equipo ya ganaba 2 a 1. Saltó al césped sustituyendo a otra leyenda llamado
Andrés Iniesta que le regaló sus últimos minutos como azulgrana y le homenajeó
cediéndole lo que por derecho es suyo, el brazalete de capitán; el de Brescia
disputó el partido completo, sujetó cuanto pudo las acometidas rivales y
desplegó en la medida de sus posibilidades-y de las que le dejaba el rival-, uno
tras otro, su habitual repertorio de pases. Finalmente el agasajo fue para Xavi
y las lágrimas-de grandeza-para Pirlo. Es cierto que los dos están ya en el
final de su excepcional carrera pero, mientras sigan vistiéndose de corto,
nadie nos podrá quitar la delicia de contemplar el arte puro que ellos atesoran
a raudales. Fue el pequeño genio de Rosario el que hizo, una vez más, que al
final fuera Xavi y no Buffon el que levantará la orejona; algo me dice que si
Messi, en lugar de saltar al Estadio Olímpico de Berlín vestido de azulgrana lo
hubiera hecho de bianconeri, el trofeo hubiera cambiado de manos con casi total
certeza.