sábado, 29 de octubre de 2011

ENTRE DIEGO Y LEO

          
Vaya por delante la admiración que el que escribe estas líneas tiene desde siempre por Maradona. Hablo, por supuesto, del Maradona futbolista, de aquel que, siendo un niño, empezó a sobrevolar los estadios de fútbol el día mismo en que debutó con Cebollitas, club de las categorías inferiores de Argentinos Juniors, y de aquel que, siendo hombre, aterrizó de manera forzosa en un hotel de Boston cuando le cortaron las piernas en el transcurso del mundial de EEUU 94.  La vida privada de cada artista, y Maradona como ahora Messi lo es, debe ser precisamente eso, privada. No faltan quienes aprovechan cualquier oportunidad para hablar de ella. No es mi caso.
Es innegable que ambos tienen muchas cosas en común. Su nacionalidad y su pierna mágica para practicar, en palabras de Diego, el deporte más lindo y más sano del mundo, son una obviedad. Los dos crecieron en el seno de familias humildes rodeados de hermanos (Leo son 4 hermanos  y Diego 8), aunque algo me dice, sin conocer Argentina ni de refilón que,  la Villa Fiorito Bonaerense en la que creció Maradona en la década de los 60 debía tener peor pinta que el sur de Rosario en el que en los 90 se crió Messi; los dos llamaron la atención desde niños, los dos debutaron muy jóvenes como profesionales, uno en Argentina, el otro en España; los dos ganaron un mundial juvenil en el que además fueron nombrados mejores jugadores del torneo -por cierto que Maradona ha dicho siempre que éste fue el mejor equipo en el que jugó nunca-; los dos han hecho goles casi idénticos a lo largo de su carrera; y, sobre todo, los dos fueron bendecidos por la naturaleza con un don al nacer. Sí, es cierto, magos de la gambeta se hicieron en los potreros pero, que nadie se lleve a engaño, el genio nace, no se hace.