Entre los libros que se amontonan a lo largo y ancho de la casa, muchos menos de los que me gustaría tener y muchos más de los que una tediosa vida laboral me permite leer, guardo los 2 tomos de la vigésima primera edición del Diccionario de la Lengua Española. En la página 487 del primer tomo aparece la palabra clásico. No he conseguido identificar ninguna de las acepciones que para ella existen, seis para ser exacto, con la que con tanta reiteración se emplea en el mundo del fútbol. El ABC enciclopédico de Internet, Wikipedia, lo incluye al final de la página dedicada al efecto, en la que se mencionan con anterioridad grandes nombres de la historia universal, desde Alejandro Magno a Molière pasando por Calderón, Marco Aurelio o la dinastía Han… Se emplea como un abuso del término, dice este oráculo del siglo XXI, e incluso va más allá cuando hace referencia a la existencia no ya del clásico Madrid-Barca, sino del superclásico River-Boca.
Una obra clásica, dicen los eruditos del cine y la literatura, es aquella que no pierde su valor con el paso del tiempo, aquella que los años no dejan ajada y cuyo recuerdo pervive para siempre en la memoria de quienes la disfrutaron. Y es aquí, finalmente, donde entiendo que encaja nuestro clásico, el de los amantes del juego practicado con los pies interpretado desde la cabeza. Ulises regresando a Ítaca, el amor de Don Quijote hacia Dulcinea, la inventada Macondo o la conciencia intranquila de Raskolnikov; el Rosebud de Kane, la melodía silbada sobre el río Kwai, el monólogo en la azotea de un replicante o las amenazantes advertencias verbales de William Munny; las galopadas por la banda de Gento, la danza sublime de Cruyff sobre la alfombra verde, los centros medidos de Michel o los aplausos en el Bernabéu a Ronaldinho. Momentos inmortales que anidarán para siempre en nuestra memoria. Sí, ahora ya sé lo que es un clásico.
Como ya tenemos claro de lo que vamos a hablar, hagámoslo. No voy a dedicar muchas líneas al tan comentado estado de forma en el que llegan ambos equipos. No es posible saberlo. Es cierto que el Barcelona arrasa en su estadio, 39-0 en el balance goleador, pero flojea fuera ya que sólo ha conseguido la mitad de los puntos en juego, 9 de 18. Es cierto que el Madrid no ha dejado escapar ni un solo punto en casa hasta hoy y sólo 5 fuera en 8 partidos. Es cierto, igualmente, que ambos se han paseado en la Champions. Pero a todas estas certezas se le impone una verdad objetiva, ninguno de los dos se ha medido hasta la fecha a un club de su nivel (si es que existe alguno en la actualidad), por lo que la vara de medir no es ni buena, ni mala, sencillamente no existe.
Una de las claves en el resultado final va a ser, sin duda, la posesión del balón. Si el Madrid consigue dejar a su rival por debajo de un 55-60 % de posesión habrá dado un paso notable para obtener la victoria. Los culés dominan el juego a partir de una apropiación de la pelota que llega, en algunos compromisos, a alcanzar la categoría de dictatorial. Si esto sucede en el Bernabéu los blancos son hombre muerto. Debe por tanto Mourinho, y lo sabe mejor que nadie, buscar una fórmula que impida este abuso en la posesión. Si lo consigue hasta el índice apuntado, la posesión resultante para el Madrid, teniendo en cuenta la efectividad goleadora de su juego, será el primer factor determinante para doblegar a los azulgranas.
Otra clave, como en cualquier encuentro en el que la igualdad es la protagonista, va a ser la importancia de las jugadas a pelota parada. Lo que los analistas llaman las jugadas de estrategia. Puede con este punto el Madrid equilibrar la ventaja que su rival le puede arrebatar con la posesión del balón. El Barcelona es un equipo que sufre lo indecible en el juego aéreo, vayan por ejemplo a Getafe o a Milan y pregunten. Todos conocemos la estatura media de los jugadores de Guardiola y éste, que sólo puede corregir este déficit con hombres como Piqué, Busquets o Keita, busca en un marcaje mixto, a veces, y en la mayoría de los casos en uno zonal, la solución a sus problemas. Por desgracia para ellos esta fórmula le ha dado un resultado, cuando menos, dudoso. Ronaldo, Benzema y, sobre todo, Ramos pueden darle un disgusto al Barcelona si la disciplina posicional y la fortuna no los acompañan.
Un tercer elemento que puede inclinar el resultado de este último clásico de 2011 se hospeda en ambas defensas. En el Barcelona, que debe jugar el sábado con 4 defensas (si lo hace con 3 la inmolación es segura), ocuparán la zona central Piqué y Puyol o Mascherano. Algo me dice que el estado de forma del de La Puebla de Segur no es el más adecuado para afrontar un partido de esta exigencia, por lo que su alineación es un riesgo evidente. En el caso del argentino, el favorito para jugar, su momento de forma es excelente pero no debe pasarse por alto que no es un central. El vendaval que le puede venir encima puede causarle problemas de difícil arreglo. Ya los tuvo en el partido de ida de la supercopa este verano en idéntico marco y contra el mismo rival. El Madrid comparte un dilema similar. El orbe futbolístico está convencido de que la solución Sergio Ramos al problema del centro de la zaga madridista es el mayor descubrimiento desde la invención de la penicilina. No comparto esta idea, al menos no de momento. Ramos será, como ocurrió con Paolo Maldini, el día que sus condiciones físicas no le permitan actuar de lateral, un central excelente. El abandono de la banda del sevillano deja mucho más débil el flanco derecho madridista por donde un inspirado Alexis Sánchez puede hacerle mucho daño. Es el famoso asunto de la manta corta. El otro flanco, el izquierdo, es una dolencia que los de Chamartín no han solucionado desde la salida de Roberto Carlos. Marcelo es un excelente atacante pero su entendimiento del juego defensivo puede poner a los suyos en más de un aprieto. Por ese perfil se descerrajó en la reciente semifinal de la Champions, el gol de Pedro en Barcelona y la jugada de Afellay, que genera el segundo gol en el Bernabéu, lo atestiguan.
Finalmente, la aportación de los cracks. Decía el escritor alemán Stefan Zweig que la responsabilidad confiere grandeza al hombre. En la medida en que cada uno de los grandes futbolistas que el sábado salten al césped adquiera esa responsabilidad su equipo saldrá gratificado. En el Real Madrid, jugadores como Özil o Higuaín, si es que juega, a los que todavía se los espera en este tipo de partidos, Benzema y por supuesto las dos figuras clave para el éxito blanco, Xabi Alonso, cuyo papel es básico para conseguir ese control del balón que hemos desentrañado como primera clave del clásico y, como no, Cristiano Ronaldo, por sus botas, más que por las de ningún otro, pasarán las opciones de victoria del Madrid. En el Barcelona, es indudable que lo que puedan aportar hombres como el gran Iniesta, Dani Alves o el metrónomo más valioso del fútbol mundial Xavi Hernández será fundamental pero, hay dos hombres cuyo papel se me antoja capital y cuya aportación, me atrevo a decir, puede desnivelar el clásico de forma decisiva, se trata de Messi y Fábregas. El primero es un seguro de vida en este tipo de encuentros. Se diría que si Zweig estaba pensando en el fútbol cuando ideó su frase, estaba pensado en Leo. El segundo, lo necesita, se encuentra ante la gran oportunidad de su vida y seguro que por su cabeza no pasa ni de lejos la idea de dejarla escapar.
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