Los optimistas, cuando un año se acaba, hablan de doce meses ganados a
la vida, de otros trescientos sesenta y cinco días en los que uno ha adquirido
más conocimientos, empíricos y de los otros,
y en los que ha engordado su, incalculable, equipaje vital; los
pesimistas hablamos de otro año que se ha perdido, doce meses que, por mucho
que los revivamos en nuestra memoria, ya
no vuelven, y otros trescientos sesenta y cinco días que el tiempo, lo único
que se nos concede como nuestro al nacer, nos arrebata. Un año más o un año
menos, un pesimista o un optimista mal informado. Esa es la cuestión. En fin, dejémonos de filosofías de perogrullo
y demás cuestiones pseudo-metafísicas. Dejemos que quien sabe de verdad de ello
siga cuestionando la importancia ontológica del ser humano y hablemos de la
importancia del esférico para el ser humano, que a fin de cuentas es para lo
que uno está por estos lares.
El año que expira en estos
momentos, el del fin del mundo según los mayas, deja dos grandes líneas de
análisis: Por un lado el incesante y agotador tintineo del Balón de Oro. Ya se
apuntó desde este foro alguna pincelada sobre el tema en la entrada titulada El
premio que nunca tuve y, aunque dicho apunte fue ciertamente breve, era muy
claro y comprensible, perdón por la inmodestia, en cuanto a los merecimientos
de uno u otro combatiente. Resulta peculiar que un premio que no deja de ser un
reconocimiento individual haya alcanzado cotas de interés mediático tan pantagruélicas.
Un galardón ideado desde France Football por el cerebro prodigioso de Gabriel
Hanot, el mismo que ideó la Copa de Europa de clubes, en el año 1956, y al que
seguro no se le llegó a pasar por la cabeza ni en la peor de sus pesadillas las
dimensiones que llegaría a adquirir semejante condecoración. Si alguien no lo
impide, al final, el club que cuente en sus filas con el ganador acabará por
sumar dicho galardón al arqueo de títulos obtenidos en una sesión, a la altura
de una liga o una copa, por lo menos. Para que no perdamos la perspectiva de lo
que de verdad cuenta- el fútbol hasta donde uno sabe es un deporte colectivo-
ilustremos dos hechos históricos en relación a este asunto. En el año 1962, antes
de empezar un partido de Copa de Europa entre el Dukla de Praga y el Benfica,
el portugués Eusebio, que había quedado segundo en la votación de ese año, le entregó, sin ceremonia aparatosa de por
medio, el Balón de Oro al checoslovaco del equipo rival Josef Masopust- que años
más tarde sería votado como el mejor jugador checo del siglo XX-. Éste le dio
la mano al mozambiqueño, metió el trofeo en su bolsa de deporte con el resto de
su ropa y al finalizar el partido cogió el tranvía y se fue a su casa; seis
años más tarde, en 1968, el ganador fue el talento más grande que el fútbol británico
ha dado en su historia, el inimitable George Best, el quinto Beatle. El genio
norirlandés, que decidió celebrarlo con una de sus noches de francachela y
desenfreno, llego un día más tarde de lo previsto a recoger el trofeo sin que,
más allá de las criticas recalcitrantes a las que ya estaba acostumbrado, nadie
hiciera un drama de ello. Valor a lo que valor merece.
Por otro lado el fútbol en
su esencia, aquello que tiene que ver con lo competitivo y estrictamente
deportivo. Es llamativo comprobar como las que están catalogadas como las
cuatro ligas más potentes del viejo continente, a saber, la liga española, la
inglesa, la alemana y la italiana, se han convertido, en lo que se refiere a combate por el título, en las menos
interesantes y atractivas. A falta de toda una segunda vuelta para que finalice
la competición- en algunos casos incluso algún partido más- salvo sorpresa
mayúscula o debacle imprevista, para ser más concretos, parece difícil que
Barcelona, Manchester United, Bayern de Múnich y Juventus vayan a dejar escapar
un campeonato que dominan en la actualidad tanto sobre la calculadora como
sobre el césped. Los azulgranas con una autoridad casi tiránica llevan camino
de recuperar el título perdido el ejercicio anterior antes incluso de la llegada
de la primavera. Parece poco probable que fallen teniendo en cuenta, además,
que su némesis, el Real Madrid de Mourinho- o de quién sea ya a estas alturas
del cuento-anda náufrago en cuestiones que poco tienen que ver con lo
futbolístico y más con una prueba de poder dentro de la casa blanca. Los
madridistas se verán las caras en la eliminatoria de octavos de la Champions
con el Manchester United del sempiterno Ferguson- aquí sí cabe la cédula de
propiedad- tras el sorteo de hace unos días. Sorteo cuyo resultado parece que
no desagradó en demasía a los del Bernabéu- la sombra del Bayern es muy
alargada-, pero que cometerían un error de considerables dimensiones si se les
pasará por la cabeza, aunque sólo fuera por un instante, minusvalorar a los de
Old Trafford; una plantilla muy armónica, de mucho oficio y con facilidad para
hacer goles. Tener a Rooney, Van Persie y Chicharito- el visitante inesperado-,
ayuda y bastante en este capítulo. Plantilla que tras el boxing day impera sin
apenas oposición en una Premier League en la que los desarreglos de su vecino,
el City, pueden conducirles a un plácido
final de la temporada doméstica, lo que supondría un gran privilegio para
afrontar con garantías el resto de competiciones en las que se encuentre en
liza. En Alemania en pleno parón invernal- la bundesliga se reanudará ya en su
segunda vuelta el 19 de enero-, situación similar a la de España con el Bayern
de Múnich sometiendo bajo su yugo al resto de los contendientes y teniendo ya a
su principal oponente, el Dortmund, tercero a doce puntos de distancia. Otra
liga, como hemos afirmado unas líneas más arriba, vista para sentencia. La
Serie A italiana sería la que más dudas podría dejar por el número de
aspirantes que persiguen a la Juventus en su objetivo de revalidar el título
tan brillantemente cosechado la temporada pasada. Pero estoy convencido de que
esta lucha cainita, más que perjudicar a la Vecchia Signora, será utilizada por
los turineses para, manteniendo su disciplina espartana de juego, poner cada
vez más tierra de por medio entre ellos y sus rivales. Sólo un excesivo celo
por la Champions -entendible y justificable por otro lado- podría distraerles
del objetivo local. La Juventus aventaja ahora mismo en ocho puntos al segundo
clasificado el Lazio, el cual encabeza un grupo de cinco perseguidores, con
Inter, Fiorentina, Nápoles y Roma apiñados en sólo cuatro puntos a la búsqueda
del scudetto.
Si lo que quieren es
seguir un torneo con emoción y garantías de hacerles subir las pulsaciones
hasta el último día deben afiliarse a la Ligue 1 francesa. Es curioso comprobar
como se ha pasado en unos años en el país galo de una contienda sin apenas agitación
por el triunfo final, debido al dominio despótico del Olympique de Lyon-siete títulos
consecutivos entre el 2001 y el 2008-, a una batalla sin cuartel en la que un
amplio abanico de contendientes lucha sin descanso por el reinado final. Cuatro
ganadores diferentes en las cuatro últimas temporadas y tres clubes empatados a
estas alturas del campeonato en la primera posición- con los nueve primeros en
nueve puntos- pronostican una más que apasionante segunda parte de la
competición.
Agradezco al lector que ha
decidido dedicar, pese a todo, un periodo de su vida leyendo estas líneas. El
poeta cubano Eliseo Diego al final de uno de sus poemas, el titulado
Testamento, en un acto de suprema generosidad nos dejó a todos el tiempo, todo el tiempo. No permitamos
que se sienta decepcionado.
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