Uno de los lemas que con más vigor declamaban los jóvenes integrantes de
las múltiples manifestaciones producidas a lo largo y ancho del mundo durante
las revueltas del 68 era Queremos el
mundo, y lo queremos ahora. La necesidad de la inmediatez; el ahora mismo; el no me haga usted esperar,
lo quiero para ayer. Si existe algún deporte en el mundo en el que precisamente
se vive de eso, de la inmediatez, de lo ocurrido en la última hora, minuto o segundo ese es el fútbol. Lo pasado ya no
cuenta, sólo cuenta el presente. Un último partido malo, ya estemos hablando de
un jugador o de un equipo, borra de nuestras inconsistentes memorias todo lo
bueno de antes. No voy a esperar para comprobar si la circunstancia actual es
fruto de un ocasional contratiempo y, como resulta lógico, esperar
acontecimientos para llevar a cabo un análisis más coherente. No tengo tiempo de aguardar ni un instante El Rey ha muerto, viva el Rey. Ya se
habrá adivinado que semejante introducción viene a cuento tras lo acaecido en
la piel de los dos clubes más importantes del fútbol español –para algunos del
fútbol mundial- en los últimos quince días, estamos hablando, por supuesto, del
Real Madrid y del F.C. Barcelona.
Agonizaba el mes de
febrero cuando un Real Madrid con la liga perdida visitaba el Nou Camp. Partido
de vuelta de semifinales de la Copa del Rey española y un inquietante 1 a 1
cosechado en el Bernabéu como guarismo de inicio. Mal resultado, se diga lo que
se diga, para enfrentarse al equipo considerado hasta ese minuto el mejor
equipo del mundo en la actualidad- de la historia para algunos-. Los blancos
atravesando una temporada decepcionante, con más sombras que luces y con un
protagonismo despistado claramente desde el césped-lo único de lo que debe
hablarse- hacia el vestuario. Mourinho cuestionado y la sensación latente de
esperar a un final de temporada con más pena que gloria. Ciento veinte minutos
más tarde de la hora fijada para el comienzo de dicho partido de vuelta resulta
que el muerto ha resucitado y presenta síntomas de extrema fortaleza. Una
semana después idéntica situación en Old Trafford para los de Chamartín- nueva
victoria en casa en liga frente a los culés mediante-, pero ahora los que eran
malos ya no son tan malos e incluso son favoritos ante el mejor equipo, de
largo, de la temporada en las Islas
Británicas. De nuevo la cifra mágica de ciento veinte minutos y el muerto no
sólo ha confirmado su recuperación si no que ahora resulta que es el paciente
más saludable de todo el hospital.
El antepenúltimo día del
mes de febrero, el 26 para ser exacto- el año 2013 no es olímpico y por lo
tanto no es bisiesto-, el Real Madrid rendía visita a su eterno rival nacional.
El enésimo clásico del último lustro. El técnico blanco, que llevaba dando
síntomas en los últimos encuentros disputados ante los azulgranas de tenerles
cogida la medida, plantea un sistema de juego sin grandes novedades con
respecto a lo presentado en los últimos clásicos. El cambio arriba del Pipa
Higuain por Benzema y la ya consolidada posición en el eje de la defensa, como
pareja de Sergio Ramos, del francés
Varane en detrimento de Pepe. En cuanto al dispositivo táctico, ideas muy
claras: cuatro atrás con la ayuda por el eje de la defensa de Xabi Alonso
cuando el equipo se repliega para conseguir ahogar así al rival por la zona
central, obligando con ello al Barca a
abrir el juego a las bandas- por donde aparecen constantemente los extremos blancos para ayudar en defensa a sus laterales-, y a
buscar centros cuya defensa blanca resuelve con solvencia. Argamasa defensiva
sobre la que construir un ataque interpretado con la mejor arma que tienen los
madridistas desde la llegada del técnico de Setúbal a su nómina, el
contragolpe. Rápida transición de la defensa hacia Ozil o el argentino Di María
y búsqueda obsesiva del crack de Madeira.
Véase prototipo de todo lo dicho en la jugada que da lugar al penalti de
Piqué a Cristiano y al posterior cero a uno para los blancos. Teniendo en
cuenta la forma de entender su juego- y el del contrario-, y con la enorme
ventaja que por ello supone un marcador a favor, el resto del encuentro se
traduce en un dominio total de los visitantes. Sí, sí, dominio. No nos
engañemos, se puede dominar un partido de fútbol aunque el balón lo lleve el contrario
siempre que lo tenga sólo por aquellas latitudes que su rival le permita.
Una semana más tarde los
blancos visitan Manchester con la moral crecida después de los dos últimos
clásicos y con un resultado calcado al de Barcelona. Idéntico once inicial el
que expone el Real Madrid e idéntica disposición táctica: 4-2-3-1. En esta
ocasión el equipo madridista no puede hacer su juego y ante un rival- según se
dice- inferior a los catalanes los problemas son mayores y el equipo inglés
supera al madridista en todas las facetas del juego. Los diablos rojos, que
tienen la eliminatoria ganada cuando el árbitro da el pitido inicial, dejan la
iniciativa al Madrid y se limitan a esperar sus oportunidades por medio de rápidos
contragolpes. Pagan al Madrid con su misma moneda. Mourinho y los suyos, no
acostumbrados a semejante situación ante un rival de su entidad, distraen su
juego en situaciones insustanciales y en el minuto tres de la segunda parte una
jugada de mala suerte lleva el balón a
la red de Diego López y coloca a los locales en ventaja. Aquello que vivió el
Madrid con el Barcelona una semana atrás en el Nou Camp lo vive ahora el
Manchester con el Madrid en Old Trafford. Resultado en ventaja, los blancos a
la búsqueda de la remontada y los rojos con Nani y Welbeck en los tacos de
salida para enviar balones a Van Persie y ajusticiar definitivamente a los
blancos. Pero, cosas del fútbol, en el minuto
56 el árbitro del partido, en una decisión tan rigurosa como inesperada, deja
al United con un jugador menos y lo que es más importante al Real Madrid con
uno más sobre el maravilloso césped del teatro de los sueños. Ya se ha dicho en
este foro, a propósito de situaciones similares vividas por otros clubes, la
enorme ventaja que supone en el fútbol actual jugar con un hombre más y el
Madrid, maestro como ninguno en el arte de saber aprovechar cualquier ventaja-
se vista de lo que se vista- que su enemigo le brinde, trece minutos después de
la referida expulsión ya había finiquitado la eliminatoria. Mourinho, demostrando
lo que nadie duda de él, que es uno de los mejores técnicos del mundo, metió
rápidamente en el campo a Modric- ahora ya no es tan malo-, movió dos o tres
piezas en su tablero de ajedrez abriendo más el campo y llevando con ello a los
laterales contrarios hasta la línea de cal dejando de esta forma más espacios
por la medular del área por donde se coló primero el disparo del croata y
después la gran jugada colectiva del segundo gol.
Agonizaba el mes de
febrero cuando un Barcelona con la liga ganada desde el día de Reyes recibía en
su campo al Real Madrid. Los culés seis días antes habían realizado su peor
partido en los octavos de final de Champions frente al Milán en San Siro -un
exceso de confianza en la gran competición es sinónimo de batacazo- y resulta
que el Barca ya no era tan bueno. Traía un resultado favorable para disputar el
partido de vuelta de Copa después de un notable encuentro en el Bernabéu en el
que podía haber sentenciado la eliminatoria. Equipo imbatible, con el mejor
jugador del mundo en sus filas pero, según se decía, con evidentes síntomas de
debilidad en los últimos tiempos. Victoria clara del Madrid, los azulgranas a
la calle sin Copa del Rey, fin de ciclo y al borde de una crisis de dimensiones
hercúleas. Dos semanas más tarde vuelta de la Champions en el Nou Camp. El
equipo local recibe al Milán de Allegri con un dos cero en contra y con pocas
posibilidades de remontar ante semejante marcador y después de la imagen-se
dice- dejada recientemente por los culés. Ciento veinte minutos más tarde de la
hora fijada para el comienzo de dicho partido de vuelta remontada épica, el
mejor equipo del mundo ha regresado del sueño de los justos y otra vez es el
más grande.
El antepenúltimo día del
mes de febrero, el 26 para ser exacto- el año 2013 no es olímpico y por lo
tanto no es bisiesto-, el F.C. Barcelona recibía en su estadio a su eterno
rival patrio. Los locales con el equipo de gala y con la imperecedera necesidad
de poner el espectáculo por encima del resultado. Allá cada cual con su forma
de entender este divino deporte. Primeros minutos de dominio total y despliegue
de un auténtico tifón atacante dejando
la defensa, su línea más débil- esa que no ha reforzado en condiciones en los
últimos cuatro años-, a merced del arma más poderosa de su oponente. Minuto
doce de partido, los azulgrana se desarman en uno de sus ataques por el flanco
izquierdo: Alba, más extremo que lateral, queda a la altura del área rival;
Puyol, que viene desde la zona central para hacer la cobertura a su compañero
de equipo, llega tarde y mal al cruce;
el cuero llega a un Cristiano Ronaldo que no puede creerse lo que le está
pasando; la habilidad enorme del portugués y el exceso de celo de Piqué hacen
el resto. Penalti, gol y ventaja al resto. Partido a la inversa para el
Barcelona, prisas, nervios, desorden propio frente a orden ajeno, más
desajustes defensivos y goleada visitante merecidísima.
Sólo quince días después
el F.C. Barcelona se enfrenta a uno de los retos más importantes de los últimos
tiempos. Se trata de remontar un 2 a 0 en contra en los octavos de final de la
Champions League al Milan. Resultado que nunca se ha remontado desde que se
juega esta competición con el nuevo formato. El cuerpo técnico del Barcelona
presenta con respecto al varapalo de Copa dos
únicas novedades en su once inicial: Mascherano en el eje de la zaga por Puyol -con
problemas minutos antes del comienzo del partido- y la presencia del guaje
Villa en el lugar de Cesc Fábregas. Baja la del ex gunner cantada pero no tanto
la presencia del asturiano ya que más de uno-entre los que me encuentro-
pensábamos en el chileno Alexis como su sustituto. Los catalanes presentan una
novedad táctica fundamental al jugar con un delantero centro posicional, el
guaje, que obliga a fijar a, cuando menos, uno de los dos centrales rossoneri
y, lo que terminará siendo determinante, deja más libre a Leo Messi. A este
acierto se une la posición de Daniel Alves que se convierte en un extremo más
que obliga a Constant, el lateral izquierdo del Milan, a estar muy pendiente
del brasileño y dejar con ello más territorio libre entre él y sus compañeros
de zaga y, por último, la vuelta a una
presión colectiva sofocante a la salida del balón del rival lo que permite recuperar
la posesión mucho más cerca del área enemiga cuyo resultado principal es aumentar las ocasiones propias y reducir a la
mínima expresión las del adversario. Resultado inmediato, a los cinco minutos
de partido Messi encuentra un pequeño espacio libre, arma su pierna izquierda y
marca el primer gol. Un lugar común en las grandes remontadas, ya se sabe, es
un gol tempranero. Los locales dominan, dan la sensación de un control absoluto
del encuentro pero en el minuto 39 el
Milan lanza un balón en largo, la zaga blaugrana- esa que no ha reforzado en
condiciones en los últimos cuatro años- personalizada en Mascherano hace un
despeje al limbo, el balón le cae al joven Niang, sustituto del lesionado
Pazzini para este partido, y solo ante Valdés manda el balón al palo ante la
mirada de terror que presentan las más de noventa mil almas que pueblan las
gradas del estadio azulgrana. Un minuto después Iniesta roba un balón en la
medular se lo entrega al genio de Rosario y éste, de nuevo con unos metros para
su libre albedrío, desde la frontal fusila por segunda vez a Abbiati. En poco
más de un minuto la historia cambia, de
la nada al todo, de estar en la calle a estar dentro de los cuartos. El fútbol
es un juego y como tal tiene en el azar uno de sus más ilustres ingredientes. En la segunda parte el Barca, muy superior, da
la vuelta a la eliminatoria a los diez minutos con un golazo de Villa y sentencia
con otro tanto, en el alargue, de Alba.
No sé, y estoy convencido
de que jamás lo sabré, si la paciencia es o no una virtud pero de lo que estoy
seguro es de que la impaciencia no lo
es. Dice un proverbio irlandés Dios creó
el tiempo pero el hombre creó la prisa. ¡Qué verdad tan triste!
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