viernes, 15 de marzo de 2013

ESA MALDITA PRISA


       Uno de los lemas que con más vigor declamaban los jóvenes integrantes de las múltiples manifestaciones producidas a lo largo y ancho del mundo durante las revueltas del 68 era Queremos el mundo, y lo queremos ahora. La necesidad de la inmediatez;  el ahora mismo; el no me haga usted esperar, lo quiero para ayer. Si existe algún deporte en el mundo en el que precisamente se vive de eso, de la inmediatez, de lo ocurrido en la última hora, minuto  o segundo ese es el fútbol. Lo pasado ya no cuenta, sólo cuenta el presente. Un último partido malo, ya estemos hablando de un jugador o de un equipo, borra de nuestras inconsistentes memorias todo lo bueno de antes. No voy a esperar para comprobar si la circunstancia actual es fruto de un ocasional contratiempo y, como resulta lógico, esperar acontecimientos para llevar a cabo un análisis más coherente. No tengo tiempo  de aguardar ni un instante El Rey ha muerto, viva el Rey. Ya se habrá adivinado que semejante introducción viene a cuento tras lo acaecido en la piel de los dos clubes más importantes del fútbol español –para algunos del fútbol mundial- en los últimos quince días, estamos hablando, por supuesto, del Real Madrid y del F.C. Barcelona.
         Agonizaba el mes de febrero cuando un Real Madrid con la liga perdida visitaba el Nou Camp. Partido de vuelta de semifinales de la Copa del Rey española y un inquietante 1 a 1 cosechado en el Bernabéu como guarismo de inicio. Mal resultado, se diga lo que se diga, para enfrentarse al equipo considerado hasta ese minuto el mejor equipo del mundo en la actualidad- de la historia para algunos-. Los blancos atravesando una temporada decepcionante, con más sombras que luces y con un protagonismo despistado claramente desde el césped-lo único de lo que debe hablarse- hacia el vestuario. Mourinho cuestionado y la sensación latente de esperar a un final de temporada con más pena que gloria. Ciento veinte minutos más tarde de la hora fijada para el comienzo de dicho partido de vuelta resulta que el muerto ha resucitado y presenta síntomas de extrema fortaleza. Una semana después idéntica situación en Old Trafford para los de Chamartín- nueva victoria en casa en liga frente a los culés mediante-, pero ahora los que eran malos ya no son tan malos e incluso son favoritos ante el mejor equipo, de largo,  de la temporada en las Islas Británicas. De nuevo la cifra mágica de ciento veinte minutos y el muerto no sólo ha confirmado su recuperación si no que ahora resulta que es el paciente más saludable de todo el hospital.

         El antepenúltimo día del mes de febrero, el 26 para ser exacto- el año 2013 no es olímpico y por lo tanto no es bisiesto-, el Real Madrid rendía visita a su eterno rival nacional. El enésimo clásico del último lustro. El técnico blanco, que llevaba dando síntomas en los últimos encuentros disputados ante los azulgranas de tenerles cogida la medida, plantea un sistema de juego sin grandes novedades con respecto a lo presentado en los últimos clásicos. El cambio arriba del Pipa Higuain por Benzema y la ya consolidada posición en el eje de la defensa, como pareja de Sergio Ramos,  del francés Varane en detrimento de Pepe. En cuanto al dispositivo táctico, ideas muy claras: cuatro atrás con la ayuda por el eje de la defensa de Xabi Alonso cuando el equipo se repliega para conseguir ahogar así al rival por la zona central, obligando con ello  al Barca a abrir el juego a las bandas- por donde aparecen constantemente los  extremos blancos  para ayudar en defensa a sus laterales-, y a buscar centros cuya defensa blanca resuelve con solvencia. Argamasa defensiva sobre la que construir un ataque interpretado con la mejor arma que tienen los madridistas desde la llegada del técnico de Setúbal a su nómina, el contragolpe. Rápida transición de la defensa hacia Ozil o el argentino Di María y búsqueda obsesiva del crack de Madeira.  Véase prototipo de todo lo dicho en la jugada que da lugar al penalti de Piqué a Cristiano y al posterior cero a uno para los blancos. Teniendo en cuenta la forma de entender su juego- y el del contrario-, y con la enorme ventaja que por ello supone un marcador a favor, el resto del encuentro se traduce en un dominio total de los visitantes. Sí, sí, dominio. No nos engañemos, se puede dominar un partido de fútbol aunque el balón lo lleve el contrario siempre que lo tenga sólo por aquellas latitudes que su rival le permita.
         Una semana más tarde los blancos visitan Manchester con la moral crecida después de los dos últimos clásicos y con un resultado calcado al de Barcelona. Idéntico once inicial el que expone el Real Madrid e idéntica disposición táctica: 4-2-3-1. En esta ocasión el equipo madridista no puede hacer su juego y ante un rival- según se dice- inferior a los catalanes los problemas son mayores y el equipo inglés supera al madridista en todas las facetas del juego. Los diablos rojos, que tienen la eliminatoria ganada cuando el árbitro da el pitido inicial, dejan la iniciativa al Madrid y se limitan a esperar sus oportunidades por medio de rápidos contragolpes. Pagan al Madrid con su misma moneda. Mourinho y los suyos, no acostumbrados a semejante situación ante un rival de su entidad, distraen su juego en situaciones insustanciales y en el minuto tres de la segunda parte una jugada de mala suerte lleva el balón  a la red de Diego López y coloca a los locales en ventaja. Aquello que vivió el Madrid con el Barcelona una semana atrás en el Nou Camp lo vive ahora el Manchester con el Madrid en Old Trafford. Resultado en ventaja, los blancos a la búsqueda de la remontada y los rojos con Nani y Welbeck en los tacos de salida para enviar balones a Van Persie y ajusticiar definitivamente a los blancos.  Pero, cosas del fútbol, en el minuto 56 el árbitro del partido, en una decisión tan rigurosa como inesperada, deja al United con un jugador menos y lo que es más importante al Real Madrid con uno más sobre el maravilloso césped del teatro de los sueños. Ya se ha dicho en este foro, a propósito de situaciones similares vividas por otros clubes, la enorme ventaja que supone en el fútbol actual jugar con un hombre más y el Madrid, maestro como ninguno en el arte de saber aprovechar cualquier ventaja- se vista de lo que se vista- que su enemigo le brinde, trece minutos después de la referida expulsión ya había finiquitado la eliminatoria. Mourinho, demostrando lo que nadie duda de él, que es uno de los mejores técnicos del mundo, metió rápidamente en el campo a Modric- ahora ya no es tan malo-, movió dos o tres piezas en su tablero de ajedrez abriendo más el campo y llevando con ello a los laterales contrarios hasta la línea de cal dejando de esta forma más espacios por la medular del área por donde se coló primero el disparo del croata y después la gran jugada colectiva del segundo gol.
         Agonizaba el mes de febrero cuando un Barcelona con la liga ganada desde el día de Reyes recibía en su campo al Real Madrid. Los culés seis días antes habían realizado su peor partido en los octavos de final de Champions frente al Milán en San Siro -un exceso de confianza en la gran competición es sinónimo de batacazo- y resulta que el Barca ya no era tan bueno. Traía un resultado favorable para disputar el partido de vuelta de Copa después de un notable encuentro en el Bernabéu en el que podía haber sentenciado la eliminatoria. Equipo imbatible, con el mejor jugador del mundo en sus filas pero, según se decía, con evidentes síntomas de debilidad en los últimos tiempos. Victoria clara del Madrid, los azulgranas a la calle sin Copa del Rey, fin de ciclo y al borde de una crisis de dimensiones hercúleas. Dos semanas más tarde vuelta de la Champions en el Nou Camp. El equipo local recibe al Milán de Allegri con un dos cero en contra y con pocas posibilidades de remontar ante semejante marcador y después de la imagen-se dice- dejada recientemente por los culés. Ciento veinte minutos más tarde de la hora fijada para el comienzo de dicho partido de vuelta remontada épica, el mejor equipo del mundo ha regresado del sueño de los justos y otra vez es el más grande.
         El antepenúltimo día del mes de febrero, el 26 para ser exacto- el año 2013 no es olímpico y por lo tanto no es bisiesto-, el F.C. Barcelona recibía en su estadio a su eterno rival patrio. Los locales con el equipo de gala y con la imperecedera necesidad de poner el espectáculo por encima del resultado. Allá cada cual con su forma de entender este divino deporte. Primeros minutos de dominio total y despliegue de un auténtico  tifón atacante dejando la defensa, su línea más débil- esa que no ha reforzado en condiciones en los últimos cuatro años-, a merced del arma más poderosa de su oponente. Minuto doce de partido, los azulgrana se desarman en uno de sus ataques por el flanco izquierdo: Alba, más extremo que lateral, queda a la altura del área rival; Puyol, que viene desde la zona central para hacer la cobertura a su compañero de equipo,  llega tarde y mal al cruce; el cuero llega a un Cristiano Ronaldo que no puede creerse lo que le está pasando; la habilidad enorme del portugués y el exceso de celo de Piqué hacen el resto. Penalti, gol y ventaja al resto. Partido a la inversa para el Barcelona, prisas, nervios, desorden propio frente a orden ajeno, más desajustes defensivos y goleada visitante merecidísima.

         Sólo quince días después el F.C. Barcelona se enfrenta a uno de los retos más importantes de los últimos tiempos. Se trata de remontar un 2 a 0 en contra en los octavos de final de la Champions League al Milan. Resultado que nunca se ha remontado desde que se juega esta competición con el nuevo formato. El cuerpo técnico del Barcelona presenta con respecto al varapalo de Copa   dos únicas novedades en su once inicial: Mascherano en el eje de la zaga por Puyol -con problemas minutos antes del comienzo del partido- y la presencia del guaje Villa en el lugar de Cesc Fábregas. Baja la del ex gunner cantada pero no tanto la presencia del asturiano ya que más de uno-entre los que me encuentro- pensábamos en el chileno Alexis como su sustituto. Los catalanes presentan una novedad táctica fundamental al jugar con un delantero centro posicional, el guaje, que obliga a fijar a, cuando menos, uno de los dos centrales rossoneri y, lo que terminará siendo determinante, deja más libre a Leo Messi. A este acierto se une la posición de Daniel Alves que se convierte en un extremo más que obliga a Constant, el lateral izquierdo del Milan, a estar muy pendiente del brasileño y dejar con ello más territorio libre entre él y sus compañeros de zaga y, por último,  la vuelta a una presión colectiva sofocante a la salida del balón del rival lo que permite recuperar la posesión mucho más cerca del área enemiga cuyo resultado principal es  aumentar las ocasiones propias y reducir a la mínima expresión las del adversario. Resultado inmediato, a los cinco minutos de partido Messi encuentra un pequeño espacio libre, arma su pierna izquierda y marca el primer gol. Un lugar común en las grandes remontadas, ya se sabe, es un gol tempranero. Los locales dominan, dan la sensación de un control absoluto del encuentro  pero en el minuto 39 el Milan lanza un balón en largo, la zaga blaugrana- esa que no ha reforzado en condiciones en los últimos cuatro años- personalizada en Mascherano hace un despeje al limbo, el balón le cae al joven Niang, sustituto del lesionado Pazzini para este partido, y solo ante Valdés manda el balón al palo ante la mirada de terror que presentan las más de noventa mil almas que pueblan las gradas del estadio azulgrana. Un minuto después Iniesta roba un balón en la medular se lo entrega al genio de Rosario y éste, de nuevo con unos metros para su libre albedrío, desde la frontal fusila por segunda vez a Abbiati. En poco más de un minuto  la historia cambia, de la nada al todo, de estar en la calle a estar dentro de los cuartos. El fútbol es un juego y como tal tiene en el azar uno de sus más ilustres ingredientes.  En la segunda parte el Barca, muy superior, da la vuelta a la eliminatoria a los diez minutos con un golazo de Villa y sentencia con otro tanto, en el alargue, de Alba.        

         No sé, y estoy convencido de que jamás lo sabré, si la paciencia es o no una virtud pero de lo que estoy seguro es de que  la impaciencia no lo es. Dice un proverbio irlandés Dios creó el tiempo pero el hombre creó la prisa. ¡Qué verdad tan triste!

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