jueves, 10 de abril de 2014

DE ACUERDO ENTONCES


         Cada espectador que abandona una sala de cine una vez finalizada la película, cada lector que deja reposar sobre la estantería un nuevo libro ya finiquitado tendrá una opinión, más o menos formada, sobre aquello que acaba de liquidar. Cada espectador, cada lector, un método; cada espectador, cada lector, un veredicto. En el mundo del fútbol pasa algo parecido: al terminar de presenciar un encuentro casi tantas interpretaciones de lo que han visto como almas abandonando un estadio. Los cuartos de final, que terminaron ayer, de la presente edición de la Champions League nos han dispuesto cara a cara con un hecho casi inverosímil en este deporte, la unanimidad de criterios en el análisis de, por lo menos, tres de las cuatro justas.
         Pero vayamos poco a poco. Primero un par de reflexiones. Por un lado, un dato estadístico que considero digno de referenciar. De las 12 eliminatorias disputadas hasta la fecha-las 8 de octavos y las 4 de cuartos-, sólo el Real Madrid ha pasado ronda jugando la vuelta fuera de casa. Es decir 11 de los 12 enfrentamientos se los ha llevado el equipo que jugaba la vuelta en casa. Hay algunos que en los últimos tiempos habían dejado de darle importancia a semejante circunstancia –Mourinho, en su etapa madridista, a la cabeza-. Las estadísticas en esta edición no mienten: no será un hecho determinante, pero desde luego ayudar ayuda; por otro lado, la alargada sombra de un mundial en el horizonte. Me llamarán mal pensado, pero la plaga de jugadores reservados por precaución-como se cansan de anunciar los partes médicos de cada entidad-, y el rendimiento en el campo susceptiblemente sospechoso de algunos- como si se hubieran dejado el freno de mano puesto-, dudo mucho que se hubiera producido sin la cita que más laureles entrega a cualquier futbolista que aspire a consagrarse con todos los honores en el mayor espectáculo del mundo. En las alineaciones, al final, ya se sabe, el míster propone y la figura dispone.
         La primera de las eliminatorias en las que, como he afirmado al inicio, ha habido unanimidad es la que disputaron Real Madrid y Borussia Dortmund. Los alemanes con un equipo sensiblemente mermado por las bajas de jugadores importantes para esta eliminatoria. Además de la de su estrella Lewandowski  para la ida, las bajas de Blaszczykowski, Subotic y, principalmente, el jugador clave en el enfrentamiento de semifinales de la edición pasada, el alemán de origen turco Ilkay Gündogan. Con este panorama el Madrid tuvo un partido más eficaz que eficiente en la ida y parecía haber dejado la eliminatoria sentenciada con un 3 a 0 a favor. Todos pensamos que el Madrid marcaría en Dortmund y la necesidad de 5 goles de los alemanes les llevaría a la rendición incondicional. Nada más lejos de la realidad. Los blancos tuvieron la mejor de las oportunidades que se pueden tener en un partido de fútbol, el lanzamiento de una pena máxima en el amanecer del duelo: resbalón de Di María y los del Signal Iduna Park se desatan. Empujados desde la cueva por un imperial Hummels-este es el central por el que debería pujar el Barca-, conducidos por dos mediocentros muy inspirados para la ocasión, Jojic y Kirch-que se merendaron a Alonso, Illarramendi y Modric en el primer acto- y desatados por el mejor del partido, Marco Reus, el Dortmund se puso, tras dos errores de bulto del Madrid-sobre todo el primero, tras un intento de cesión desde la luna de Pepe a Casillas-, en un abrir y cerrar de ojos con un 2 a 0 en el marcador y con toda la hinchada madridista al borde de un ataque de nervios. Mal, muy mal los de Chamartín en la primera parte-primera unanimidad-. Todos a los vestuarios y allí el técnico del Dortmund debía tomar una decisión capital: salir al campo a morir los primeros minutos con las pocas fuerzas que les quedaban o esperar al Madrid e intentar rematarle en el último cuarto de hora. Klopp optó por la segunda opción y, creo, se equivocó. Tocó arrebato cuando ya era tarde y sus jugadores ya no podían ni con el pelo-que le pregunten a Lewandowski-. El Madrid llegó más entero al final del envite, gracias, es de justicia reconocerlo, al poco acierto del armenio Mikhitaryan- en sus botas se quedó buena parte de la eliminatoria- y al acierto, una vez más, del marginado Casillas-segunda unanimidad-.

         Otra de las eliminatorias con conformidad de criterios es la disputada por Chelsea y PSG. Que Mourinho es un gran entrenador no creo que haya nadie a estas alturas que lo ponga en duda, pero que además es un entrenador con suerte tampoco. Argumentemos que algo queda. En la ida la gran estrella del equipo rival-Ibrahimovic- se lesiona y se pierde la vuelta; en la vuelta su jugador franquicia-el duende belga Eden Hazard-abandona el campo lesionado al cuarto de hora pero, curiosamente, su sustituto-el alemán Schurrle- al poco de ingresar en el campo es el que hace el 1 a 0 –primer golpe de suerte y primera unanimidad-. En la segunda parte poco fútbol, rigidez táctica, algún destello de creatividad y dos grandes ocasiones por bando: dos palos del Chelsea, otra vez Schurrle y una falta magistral lanzada por Oscar; dos mano a mano con Cech marradas por uno de los delanteros más fiables de cara a la portería de los últimos años, el uruguayo Edinson Cavani. Y hete aquí que con el  partido agonizando se produce una jugada embarullada, el balón dando botes llega a Demba Ba y éste a trompicones-no se sabe si con la rodilla, la espinilla o el pie- pone el 2 a 0 y deja a los parisinos con la miel en los labios- segundo golpe de suerte y segunda unanimidad-. Quiero reconocer, es de justicia, que Mourinho estuvo mucho más acertado que su colega Blanc en la elección tanto de los titulares como de los cambios a lo largo del encuentro. Resulta difícil de digerir que Le President  alineara como titular a Motta antes que a Cabaye teniendo en cuenta, sobre todo, que ya tenía en el campo a otros dos mediocentros defensivos como son Marco Verratti y una de las perlas de la inagotable cantera de Clairefontaine, Matudi. Más músculo menos talento. A ese juego al de Setúbal no hay quien le gane.

         Sobre el Bayer Munich-Manchester United poco que decir. Los bávaros son los grandes favoritos y, aunque con más obstáculos de los esperados, finalmente estarán mañana en el bombo. Como es un equipo al que se le espera desde el mes de septiembre como poco en la final de Lisboa parece que entonces, y sólo entonces, habrá que hacer su presentación en sociedad. Como en aquellas competiciones de salto con pértiga en las que nos cansábamos de ver a atletas pasando el listón una altura tras otra y, de repente, cuando ya caía la noche y  sólo quedaba algún valiente en liza, comenzaba su concurso el gran Sergei Bubka. 

         Finalmente la eliminatoria más igualada y más espectacular de las cuatro disputadas. Bueno, sería más correcto decir sólo más espectacular, porque igualada, para ser fiel a los acontecimientos, sólo lo ha sido en el marcador porque en cuanto al juego el Atlético ha sido muy superior-sobre todo en la vuelta- al mejor equipo de Europa del último lustro y medio. Lo del Atlético es para enmarcar. Sale del taller con las manos llenas de grasa y le da tiempo de pegarse una buena ducha, ir a la tienda con el traje de Armani y vender como nadie cuatro deportivos de alta gama. Todos corren para adelante pero, qué difícil es convencer a algunos de esto, todos tienen la obligación de correr para atrás, y quien no lo haga no es solidario con sus compañeros, con sus técnicos y con su afición y, por lo tanto, debe abandonar la nave. Si a esta fórmula le sumamos la calidad latente pero mayúscula de la mayoría de la plantilla, tenemos la cuadratura del círculo que es el Cholismo. El mayor ejemplo de semejante evangelio es la primera parte del partido de vuelta en el Calderón: el atlético, sin sus dos grandes estrellas Diego Costa y Arda Turan-sí, lo reconozco, yo también soy militante del Ardaturanismo-, le pega un baño colosal al Barcelona con un gol, dos balones a los palos y un rival que estaba sobre el campo sólo en apariencia-primera unanimidad-. El atlético por tanto, todo bien y a semifinales; el Barcelona, todo mal y a la calle antes del penúltimo capítulo por primera vez en 7 años. Y digo todo mal desde todos los estamentos del club. La secretaría técnica empeñada en los últimos años en reforzar el ataque dejando en cueros a una línea defensiva cada vez más errática. El tema de los centrales comienza a ser sangrante. Los catalanes han afrontado el partido más importante de la temporada-y van a afrontar la final de Copa del próximo miércoles- con un central que, hasta el momento de saltar al campo en el partido de ida para sustituir al lesionado Pique, había jugado en Champions la nada despreciable suma de diez minutos, el canterano Bartra; ya sabemos quién es su acompañante, el bueno de Mascherano, que cuantos más partidos juega en esa posición más delata su papel de usurpador -para una batalla todavía, pero para toda la guerra…-. Si a esto sumamos que los dos laterales titulares tienen un ADN más propio de extremo que de lateral la defensa se acaba convirtiendo en una barraca de feria. Error grave de planificación de la temporada por parte de la secretaría técnica del club-primera unanimidad-. Después está el tema del banquillo con un técnico superado por un pasado de gloria, que no entiende que perder un partido de cada 25 sea un fracaso y que rotar a jugadores como Iniesta, Xavi o Neymar es un sacrilegio. Lo mismo el Tata lleva razón con sus ideas y planteamientos pero cuando ni siquiera tus propios jugadores te creen resulta ardua tarea sacar recompensa alguna-segunda unanimidad-. Finalmente los propios jugadores. En el fútbol, como en cualquier faceta de la vida, sin ilusión y sin deseo es muy difícil conseguir alguna meta -si es que se quiere hacerlo claro-. Creo que la cabeza de muchos futbolistas culés en esta temporada está a más de 8500 kilómetros–tercera unanimidad-. Contra esto no hay psicoanalista que pueda luchar. Como dice el refrán, lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible.

         Mañana el sorteo: si yo fuera del Madrid no querría al Chelsea, si yo fuera del Chelsea no querría al Bayern, si yo fuera del Bayern no querría al Atlético y si yo fuera del Atlético no querría al Madrid.

        






        

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