martes, 27 de mayo de 2014

BREVE APUNTE DE UNA TRAGEDIA


          Es el fútbol, es la vida. Lo tenés todo y no tenés nada. Con estas palabras, en la rueda de prensa posterior al partido, el Cholo Simeone definió lo que había sido no solamente un partido sino toda una temporada para su Atlético.  Estuvo a poco más de dos minutos de la gloria, esos que faltaban para terminar los cinco de alargue que había dado el árbitro de la contienda. Sí, es cierto, los del Calderón han conquistado esta campaña su décima- el número ordinal de moda en el fútbol español este año- liga con todo merecimiento, superando en buena lid a los dos titanes del planeta fútbol en la piel de toro, Real Madrid y Barcelona, pero, ¿ hay algo comparable, a nivel de clubes, a una UEFA Champions League? No nos engañemos, todos títulos cuentan, pero el que te hace inmortal de verdad es éste. Que le pregunten, por ejemplo, al Liverpool, que se mantiene en el olimpo de los venerables gracias a esa memorable Champions que arrebató del mismísimo museo de Milanello a un Milán-entrenado por cierto por Ancelotti- que en el descanso ganaba 3 a 0. Ese mismo Liverpool que todavía no ha levantado ni una sola Premier League, cuya implantación se remonta ya a la temporada 1992-1993.
         Se destaca en un sitio sí y en otro también la forma tan dramática en la que el Atlético de Madrid ha visto volar ese sueño de Champions 40 años después de la primera oportunidad. Coincidencia -o capricho- del destino en ambas ocasiones, con un gol clave, aunque no decisivo, en contra recibido por un central rival, vestido de blanco y en el ocaso del encuentro. De acuerdo en lo del dramatismo –incluso diría rozando la crueldad-. No estoy de acuerdo con aquellos que hablan del merecimiento. Ambos se lo merecían y sólo uno podía ganar. Fue el Real Madrid, pudo ser el Atlético. En el caso de los rojiblancos, cuando uno apoya sobre un alambre sus dos piernas durante una hora- y en la media siguiente sólo una- la probabilidad de terminar en el suelo se multiplica. No cayo una semana atrás en liga ante un inestable Barcelona, es decir, la maniobra le salió bien pero, aunque fuera al final, fue a desplomarse del cable el día menos apropiado.   
            Se crítica ahora a Simeone por el asunto Diego Costa, pero seguro que si se hubieran llevado al Calderón su primera Champions nadie se acordaría de eso. Perdió la posibilidad de hacer un cambio y con ello haber introducido en pleno acoso madridista un hombre de refresco. Bueno, visto fríamente, podrían tener razón quienes esto afirman, pero creo que el agotamiento masivo al que llegó el Atlético, después de tantos minutos persiguiendo camisetas blancas, difícilmente se hubiera solucionado con la entrada de un recambio más. El cuerpo humano tiene un límite y los chicos del Cholo lo rebasan con creces cada partido. Es así, y sólo así, como han podido llevar a cabo una temporada que algunos no olvidarán- más allá de los laureles conquistados- jamás. Para los que nos acordamos-mientras la edad nos lo permita- de algo más que de aquellos que finalmente alcanzan la gloria siempre nos quedará en la memoria este Atlético de Koke, Gabi, Miranda, Arda, Courtois o Diego Costa, entre otros. Como ha quedado en la de otros la Hungría de los magiares magníficos, con Puskas  a la cabeza; el Brasil del mundial 82 o el Madrid de la quinta-que murió sin levantar una Copa de Europa-. Ya saben, la atracción irrefrenable que sentimos por los perdedores todos aquellos que de una manera u otra también lo somos.
         Luego está el Real Madrid y los amigos del Guinness-del libro, no de la cerveza-: Equipo con más Copas de Europa, más Champions, más, más, más...Todo aquello que le ha hecho según la FIFA el club más grande de la historia. Oropeles y adornos aparte, lo que es un hecho empíricamente probado es la solvencia de los blancos en los momentos decisivos. Un equipo que en las últimas 4 finales disputadas de Champions ha salido victorioso en todas con 10 goles a favor y sólo 2 en contra. A esto en mi tierra, y en cualquiera, se le llama saber competir. El día en que sus dos grandes estrellas no aparecen, una difuminada por completo-Ronaldo- y la otra ampliamente desatinada-Casillas-, aparecen otros que se echan el equipo a su espalda y sacan adelante el combate. Tres nombres propios: el virtuosismo de Ángel Di María, la solidez de Luka Modric y la gran estrella del Madrid de este último tramo de la temporada, el sevillano Sergio Ramos-el mejor fichaje de la era Florentino de largo-. Quizá haya estado aquí  y no en todos aquellos análisis, dimes y diretes que los expertos buscan para dar con la causa –y culpables-  de la derrota de los unos y el éxito de los otros. Algo tan simple como una plantilla mucho más profunda y más fiable que la del rival. Algo parecido a lo que el año pasado sucedió con Borussia Dortmund y Bayern de Munich. Con dineros chifletes, ya lo decía mi abuela.

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